Hay un vicio que se presenta en todos los países y en todas las épocas. Un vicio de simplificar, de unir lo incoherente. Este vicio toma en Argentina la forma del peronismo de izquierda o peronismo progresista, que surgió pocos años antes del regreso de Juan Domingo Perón tras su largo exilio en España. Pero para entenderlo completamente hay que recordar la historia del movimiento obrero en este país.

La izquierda argentina, que a comienzos del siglo XX iba creciendo principalmente en el Partido Socialista y en las agrupaciones anarquistas, se ve golpeada en cantidad de partidarios con la aparición de los sindicalistas oportunistas, una elite economicista que encontró su gran líder en el nuevo referente de la clase obrera, el coronel Perón. Perón, un militar demagogo, admirador de los regímenes fascistas, incluso de los mediocres como la Italia de Mussolini, convenció a la oligarquía local de que era mejor darle reformas a los obreros antes que afrontar una Revolución comunista. La oligarquía argentina, como todas las latinoamericanas, era corta de visión, así que decidió combatir a Perón, que gracias a sus nuevas leyes en favor de los obreros (muchas presentadas antes -pero no aprobadas— por políticos socialdemócratas como Alfredo Palacios) se ganó la simpatía de las masas. El Partido Comunista y el PS se unieron a la UCR y a los conservadores en la Unión Democrática durante la dictadura y en las elecciones se presentaron todos juntos contra Perón, saliendo vencedor éste último. Posteriomente, la izquierda tuvo escasos buenos momentos, sobresaliendo el crecimiento en Mendoza, donde multiplicó el PC los votos en tan sólo un año (1958-1959), lo que hizo obligó al presidente Frondizi a prohibir toda actividad comunista.

Posteriormente es que surge todo esto: comienzan a aparecer líderes peronistas de izquierda, como Héctor Cámpora, y finalmente el movimiento de izquierda peronista más importante fue Montoneros, cuyos militantes fueron tildados de imberbes y estúpidos por el mismo Perón. Y tenía toda la razón, porque hay que ser un imberbe y un estúpido para creer que toda la demagogia neofascista de Perón era cierta.

Estos grupos fueron barridos en la genocida dictadura de 1976-1983. Resurgieron tras la crisis del 2001, y tienen como líderes a Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Si bien otros repudian a estos dirigentes, reivindican a Perón y al peronismo.

El peronismo de izquierda es una desesperación ideológica. Una necesidad mental de sentirse que se es parte de algo muy aceptado. A las mentes débiles las capta fácilmente el discurso "de los pobres", "de los desamparados", "de hacer algo por ellos". Las capta fácilmente la mentira de un grupo que sólo busca el rédito personal. Es muy fácil odiar a la oligarquía -con todo lo que ha hecho- y embanderarse tras la bandera argentina, tras la legitimidad de los próceres de la independencia. Es muy difícil pensar y actuar científicamente, alejarse de la treta del electoralismo, reivindicar el internacionalismo y embanderarse tras las banderas rojas o las banderas negras, la auténticas enseñas que unen a los oprimidos. No ataco con esto la memoria de los héroes nacionales, pero corresponden a un tiempo que ya ha pasado, que se debe analizar con la cabeza fría; a diferencia de la lucha anticapitalista, pues la opresión de la burguesía aún no ha cesado.

No hay que incluirse en movimientos totalmente diferentes sólo para buscar más respaldo ni dejarse llevar por los oportunistas (a éstos se los puede identificar por su postura con respecto al capitalismo) . Nuestros principios son nuestros principios y triunfarán o no, pero no deben ser tergiversados sólo para llegar al poder.


C. Marat
3 de mayo de 2009


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1 comentarios:

Ana dijo...

Pasé por aquí y me gustó mucho su espacio... Lo felicito...
Ana

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