Leo hoy en Rebelión.org el artículo de Manuel Yepe titulado Un logro popular muy desacreditado donde elogia los procesos judiciales que tras el triunfo de la Revolución tuvieron lugar en Cuba para condenar a los criminales de la dictadura capitalista de Batista.

En el artículo se recuerda que «en la medida en que las fuerzas de la insurrección se fueron consolidando en la lucha y se pudieron atisbar los primeros indicios de que la victoria era viable, el líder máximo de la revolución, Fidel Castro, comenzó a llamar a los combatientes, y a la población en general, a prepararse para un triunfo sin baños de sangre ni actos de vandalismo ni linchamientos ni venganzas personales.» Este ejemplo es una prueba más de la importancia enorme que los revolucionarios cubanos le otorgaban a la ética, una ética martiana y comunista que impregnó a toda la historia de la Revolución Cubana y que entró mostró un enorme contraste con los cobardes, genocidas y vulgares asesinos de los ejércitos de los Estados capitalistas (brazos armados de las oligárquías).
En toda la historia revolucionaria hubo una enorme benevolencia con los antiguos servidores del poder capitalista, así, los bolcheviques perdonaron a muchísimos oficiales zaristas a cambio de que ellos jurasen nunca más armarse contra el pueblo y su voluntad. Aunque muchos se unieron a la Revolución, otros rompieron su juramento y volvieron a levantar ejércitos para continuar la guerra civil y desangrar al pueblo.

En Cuba, los matones, torturadores, violadores al servicio de la dictadura capitalista, fueron juzgados con un proceso legal y con todas las garantías jurídicas. Los que fueron encontrados culpables y condenados a la pena de muerte fueron ejecutados, como sucede en muchos países, entre ellos Estados Unidos, que fue uno de los que más se quejó por la supuesta "inhumanidad" de los procesos. Sólo Cuba ha logrado en América hacer justicia con los represores al servicio del capitalismo. En los demás países, gozan de una completa impunidad y todo tipo de ventajas y beneficios, así como las víctimas, si se atreven a testificar, no tienen ninguna garantía de su vida (en Argentina, con los casos de Jorge Julio López y Silvia Suppo).

Nada de esto tiene absolutamente algo en común con la completa ilegalidad de la restauración capitalista (mal llamadas "revoluciones") en Europa del Este en 1989-1991.


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