Rusia. Corría el mes de abril del año 2010. Un accidente de avión segó la vida del presidente de Polonia, Lech Kaczynski. El aparato se estrelló cerca de Smolensk cuando el mandatario fallecido, se dirigía a un acto donde iba a rendir homenaje a los oficiales polacos fusilados en 1940 en la conocida “matanza de Katyn”.

El suceso impactó en Polonia. Millones de fieles católicos abarrotaron iglesias y plazas implorando al dios verdadero que Kaczynski subiera al cielo. La gente se mostraba silenciosa, dolida, apesadumbrada.



Afganistán. Corría el mes de agosto del año 2007. Soldados polacos rodearon una aldea desde donde, al parecer, habían sido atacados con una bomba colocada al borde de la carretera. Su venganza fue atroz. Se abalanzaron contra el pueblo indefenso y arrasaron a morterazos una casa donde se celebraba una boda. Varios civiles, hombres, mujeres (una de ellas embarazada) e incluso a un bebé, fueron asesinados. Hoy día-, ya revelado el caso- se conoce aquel acto criminal y cobarde, como «el My Lai polaco».

Nadie, que sepamos, abarrotó las calles de Polonia, nadie se ha mostrado apesadumbrado ante el crimen cometido por sus conciudadanos. Hace meses, los católicos polacos se mesaban los cabellos recordando a un xenófobo y homófobo, ultra reaccionario. Ahora no quieren recordar ni siquiera la muerte de un bebé. Es la diferencia que existe entre ser víctima en Katyn, o verdugo en My Lai.


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