Estas notas de Anatole France, Premio noble, militante socialista desde el “affaire Dreyfus”, y más tarde simpatizante del Partido Comunista francés de los primeros tiempos, así como las más conocidas de León Trotsky, vienen ahora a cuento por una reciente edición de bolsillo (*) de la célebre novela “distópica” de Jack London, un autor constantemente reeditado tanto en su variante más “popular” y aventurera (La llamada de la selva, Colmillo blanco, etc) como su producción en tanto que militante socialista que fue, a pesar de sus contradicciones, y muestra de ello es la edición de Tiempos de ira. Textos anticapitalistas de Jack London aparecido en Libros de la Frontera. George Orwell, que fue uno de sus admiradores, escribió que London había escrito un alegato antifascista porque el también era un poco fascista. De lo que no hay duda es que London es un autor para el debate, pero dicho esto, se puede asegurar que esta es una de las novelas de anticipación revolucionaria más subyugantes de la literatura universal, y que tanto un texto como el otro, inciden claramente en estos aspectos. La carta de Trotsky a Joan London contiene elementos de reflexión de gran interés. Joan había continuado la tradición socialista de la familia, y en la segunda mitad de los años treinta militó en el Socialist Worker Party, que jugó un papel determinante en la creación de la IV Internacional. Joan también escribió una biografía de su padre que es citada por todos los especialistas. Biografía que, por cierto, se encuentra anunciada en el catálogo de Editorial Renacimiento con el un significativo título: Jack London: primer escritor proletario de América (PG-A).

1. Trotsky

Querida camarada: Experimento cierta confusión al confesarle que sólo estos últimos días, es decir, con un retraso de treinta años, he leído por primera vez El talón de hierro, de Jack London. Este libro me ha producido --lo digo sin exageración- una viva impresión. No por sus estrictas cualidades artísticas: la forma de la novela no hace aquí más que servir de cuadro al análisis y la previsión sociales. Voluntariamente, el autor es muy par­co en el uso de los medios artísticos. Lo que le interesa no es el destino individual de sus héroes, sino el destino del género humano. Sin embargo, no quiero con esto dis­minuir en nada el valor artístico de la obra, y principal­mente de sus últimos capítulos" a partir de la Comuna de Chicago. Lo esencial no es eso. El libro me ha im­presionado por el atrevimiento y la independencia de sus previsiones en el terreno de la historia.

El movimiento obrero mundial se ha desarrollado, a fines del siglo pasado y comienzos del presente, bajo el signo del reformismo. De una vez para siempre parecía establecida la perspectiva de un progreso pacífico y continuo del desarrollo de la democracia y las reformas sociales. Desde luego, la revolución rusa fustigó al ala radical de la socialdemocracia alemana y dio por algún tiempo Un vigor dinámico al anarcosindicalismo en Francia. El Talón de hierro lleva, por otra parte, la marca indudable del año 1905. La victoria de la contrarrevolución se afir­maba ya en Rusia en el momento en que apareció este libro admirable. En la arena mundial, la derrota del pro­letariado ruso dio al reformismo no sólo la posibilidad de recuperar posiciones perdidas un instante, sino incluso los medios de someter completamente al movimiento obrero organizado. Basta recordar que fue precisamente en el curso de los siete años siguientes (de 1907 a 1914) cuando la socialdemocracia internacional alcanzó al fin la madurez suficiente para jugar el bajo y vergonzoso papel que fue el suyo durante la guerra mundial.

Jack London ha sabido traducir, como verdadero crea­dor, el impulso dado por la primera revolución rusa, y también ha sabido repensar en su totalidad el destino de la sociedad capitalista a la luz de esta revolución. Se ha asomado más particularmente a los problemas que el so­cialismo oficial de hoy considera como definitivamente enterrados: el crecimiento de la riqueza y de la potencia * de uno de los polos de la sociedad, de la miseria y de los sufrimientos" en el otro polo. La acumulación del odio social el ascenso irreversible de cataclismos sangrientos, !todas estas cuestiones las ha sentido Jack London con una intrepidez que incesantemente nos obliga a preguntarnos con asombro¡; pero ¿cuándo fueron escritas estas líneas? ¿Fue acaso antes de la guerra?

Hay que destacar muy particularmente el papel que Jack London atribuye en la evolución próxima de la hu­manidad a la burocracia va la aristocracia obreras. Gra­cias a su apoyo" la plutocracia americana logrará aplastar el levantamiento de los obreros y mantener su dictadura de hierro en los tres siglos venideros. No vamos a dis­cutir con el poeta sobre un plazo que no puede dejar de parecernos extraordinariamente largo. Aquí lo importante no es el pesimismo de Jack London, sino su tendencia apasionada a espabilar a quienes se dejan adormecer por la rutina, a obligarlos a abrir los ojos, a ver lo que es y lo que está en proceso. El artista utiliza hábilmente los procedimientos de la hipérbole. Lleva a su límite extremo las tendencias internas del capitalismo al avasallamiento, a la crueldad, a la ferocidad ya la perfidia. Maneja los siglos para medir mejor la voluntad tiránica de los ex­plotadores y el papel traidor de la burocracia obrera. Sus hipérboles más románticas son, en fin de cuentas, infinitamente más justas que los cálculos de contabilidad de los políticos llamados «realistas».

No es difícil imaginar la incredulidad condescendiente con la que el pensamiento socialista oficial de entonces acogió las previsiones terribles de Jack London. Si nos tomamos el trabajo de examinar las críticas de El talón de hierro que se publicaron entonces en los periódicos alemanes Neue Zeit y Worwaerts, en los austriacos Kampf y Arbeiter Zeitung, no será difícil convencerse de que el «romántico» de treinta años veía incompara­blemente más lejos que todos los dirigentes socialdemócratas reunidos de aquella época. Además, Jack London no sólo resiste, en este dominio, la comparación con los reformistas y los centristas. Se puede afirmar con certeza que, en 1907" no había un marxista revolucionario, sin exceptuar a Lenin ya Rosa Luxemburgo, que se repre­sentara con tal plenitud la perspectiva funesta de la unión entre el capital financiero y la aristocracia obrera. Esto basta para definir el valor específico de la novela.

El capítulo "La bestia gimiente del abismo» es, indis­cutiblemente, el centro de la obra. Cuando fue publicada la novela" este capítulo apocalíptico debió parecer el lí­mite del hiperbolismo. Lo que ha ocurrido después lo supera prácticamente. Y, sin embargo" la última palabra de la lucha de clases no ha sido aún dicha. Escribo precipitadamente estas líneas. Mucho temo que las circunstancias no me permitan completar mi aprecia­ción de Jack London. Me esforzaré más tarde por leer las otras obras que usted me ha enviado, y en decirle lo que pienso de ellas. Puede hacer de mis cartas el uso que usted misma juzgue necesario. Le deseo éxito en el tra­bajo que ha emprendido sobre la biografía del gran hom­bre que fue su padre.

Con mis saludos cordiales.

Coyoacán, 16 de octubre de 1931.

(*) El talón de hierro Jack London ed. Akal ISBN 978-84-460-3471-1 | 304 págs. | 10 euros. Traducción de Julio García Mardomingo

2. Anatole France.

El talón de hierro ha conocido otras ediciones, creo que la primera fue la de Ayuso, Madrid, 1976, tr. María Ruipérez, prólogo de Anatole France; y la más reciente nos llegó desde Editorial Hiru. Hondarribia 2003, con un prólogo de Howard Zinn. El texto que sigue es el de Anatole France.

Anatole France

Este prefacio fue escrito por Anatole France para la primera edición francesa de El Talón de Hierro de 1923.

Talón de Hierro es la expresión enérgica con la que Jack London designa a la oligarquía. El libro que lleva este título fue publicado en 1907. Expone la lucha que algún día estallará entre la oligarquía y el pueblo, sí los hados, en su cólera, lo permiten. ¡Ay! Jack London tenía el genio que ve lo que permanece oculto a las muchedumbres y poseía una ciencia que le permitía anticiparse a los tiempos. Previó el conjunto de los acontecimientos que se desarrollan en nuestra época. El espantoso drama al que nos hace asistir en espíritu en El tolón de hierro, aún no se ha convertido en realidad, y no sabemos dónde y cuándo se cumplirá la profecía del discípulo americano de Marx.

Jack London era socialista, más aún, socialista revolucionario. El hombre que en su libro descubre la verdad, el sabio, el fuerte, el bueno, se llama Ernesto Everhard. Como el autor, fue obrero y trabajó con sus manos. Pues habéis de saber que aquel que escribió cincuenta volúmenes prodigios de vida y de inteligencia y murió joven era hijo de un obrero y comenzó su ilustre existencia en una fábrica. Ernesto Everhard es un hombre lleno de coraje y de sabiduría, lleno de fuerza y de dulzura, rasgos comunes a el y al escritor que le ha creado. Y para terminar con la semejanza que existe entre ambos, el autor atribuye a su criatura una mujer de alma grande y de espíritu inconmovible, de la que su marido había hecho una socialista. Y todos sabemos, por otra parte, que Mrs. Charmian abandonó, juntamente con su esposo Jack, el Partido Laborista cuando esta asociación dio señales de moderación.

Las dos insurrecciones que constituyen la materia del libro que presento al lector francés son tan sanguinarias, y suponen en el plan de los que las provocan tal perfidia y tanta ferocidad en la ejecución, que uno se pregunta sí serían posibles en América, en Europa; sí serían posibles en Francia. Yo no lo creería sí no tuviera el ejemplo de las jornadas de junio y la represión de la Comuna de 1870, que me recuerdan que todo está permitido contra los pobres. Todos los proletarios de Europa han sentido, como los de América, el talón de hierro.

Por el momento, el socialismo en Francia, lo mismo que en Italia y en España, es demasiado débil para tener nada que temer del TALÓN DE HIERRO, pues la extrema debilidad es la única salvación de los débiles. Ningún TALÓN DE HIERRO pisoteará este partido aniquilado. ¿Cuál es la causa de su merma?. No hace falta mucho para abatirlo en Francia, donde el número de proletarios es escaso. Por diversas razones, la guerra, que se mostró cruel con el pequeño burgués, al que despojó sin hacerlo chillar, pues es un animal mudo, no fue demasiado inclemente con el obrero de la gran industria, que pudo vivir torneando obuses, y cuyo salario, bastante exiguo después de la guerra, nunca cayó, sin embargo, demasiado bajo. Para eso velaban los amos de la hora, pero ese salario no era, después de todo, más que papel que los patrones opulentos, cercanos al poder, no tenían demasiado trabajo en procurarse. Bien o mal, el obrero fue viviendo. Había escuchado tantas mentiras, que ya no se asombraba de nada. Fue ese el momento elegido por los socialistas para desmigajarse y reducirse a polvo. Esto también es --sin muertos ni heridos-- una bonita derrota del socialismo. ¿Cómo ocurrió? ¿y cómo todas las fuerzas de un gran partido cayeron en tal letargo?. Las razones que acabo de dar no son suficientes para explicarlo. La guerra debe tener algo que ver con ello, la guerra que mata lo mismo a los espíritus que a los cuerpos.

Pero un día comenzará de nuevo la lucha entre el capital y el trabajo. Entonces se verán días semejantes a los de las revueltas de San Francisco y de Chicago, cuyo horror indecible Jack London nos muestra por anticipado. No hay, sin embargo, ninguna razón para creer que ese día (próximo o lejano) el socialismo será una vez más despedazado bajo el TALÓN DE HIERRO y ahogado en sangre.

En 1907 le gritaron a Jack London: «Usted es un horrible pesimista». Socialistas sinceros le acusaban de sembrar espanto en el partido. Estaban equivocados. Es menester que los que poseen el don precioso y raro de prever publiquen los peligros que presienten. Recuerdo haber oído decir más de una vez al gran Jaurés: «Entre nosotros no se conoce bastante bien la fuerza de las clases contra las cuales tenemos que luchar. Ellos tienen la fuerza y se atribuyen la virtud: los sacerdotes se han despojado de la moral de la Iglesia para adoptar la de la fábrica; cuanto se sientan amenazados, la sociedad entera acudirá para defenderlos". Y tenía razón, como la tiene London cuando nos tiende el espejo profético de nuestras culpas y de nuestras imprudencias.

No comprometamos el porvenir; es nuestro. La oligarquía perecerá. En su poderío se advierten ya los signos de su ruina. Perecerá porque todo régimen de castas está condenado a muerte; el régimen del salario perecerá porque es injusto. Morirá hinchado de orgullo en plena potencia, como murieron la esclavitud y la servidumbre.

Ahora mismo, observándolo atentamente, se advierte que está caduco. Esta guerra, que la gran industria de todos los países ha querido, esta guerra que era su guerra, esta guerra en la cual aquélla ponía una esperanza de riquezas nuevas, ha causado tantas y tan profundas destrucciones, que ha sacudido a la oligarquía internacional y ha aproximado el día en que se desmoronará sobre una Europa arruinada.

No puedo anunciar sí morirá de golpe o sin luchas. Ha de luchar. Su última guerra será tal vez larga, y su fortuna podrá variar. Oh, vosotros, herederos de los proletarios; oh, generaciones futuras, hijos de los días nuevos, lucharéis,. y cuando crueles reveses os hagan dudar del éxito de vuestra causa, recobraréis confianza y os diréis con el noble Everhard: «Perdida esta vez, pero no para siempre. Hemos aprendido muchas cosas. Mañana la causa volverá a levantarse más fuerte en disciplina y en sabiduría».


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