Texto de Raquel Diana, publicado en 45 RPM en 2007, con motivo del 90º Aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre.


No estuve allí. Creo.
Desde acá, abro un paréntesis, levanto la cabeza, me sacudo el barro y canto la vieja canción:

“De regreso a octubre, desde octubre,
sin un estandarte
de mi parte
te prefiero igual
internacional” 1


Harta de estar perpleja y de la perplejidad misma.
De la derrota, ¿o es que ganamos?
Agotada de tener que afirmar la cantidad de cosas que estamos construyendo y de extremar el uso de la dialéctica: contradicción va, contradicción viene, y alguna síntesis superior de vez en cuando.
De la queja airada de muchos de aquellos a los que están dirigidas nuestras buenas intenciones. ¿O más que “muchos” son los vociferantes? (“Vociferante” suena a animal mitológico, pero no. En cambio “muchos” es una categoría difusa. Como “cambio”.)

Aburrida del café descafeinado y la política sin política.
Hastiada de mi propia pereza conceptualizadora, discursística e ideológica, que me imposibilita ordenar o estructurar el mundo, o mi pequeño esfuerzo diario, en algo que se parezca al sentido.
Salto. Salto 90 años en busca de una bocanada de épica.
Allí está Octubre, tan desubicada y ubicua que es en noviembre.
No estuve entonces, claro. Pero en aquel acto de multitudes, antes de que ganáramos éstas, las elecciones, me pareció que la recordaba. Sería un “déjà vu”, o un pliegue del tiempo, quién sabe. Curiosamente algo idéntico sentí cuando era niña, y en un 1ro. de mayo, mi padre me subió a sus hombros para que pudiera ver a toda aquella gente en la avenida. “Es el pueblo”, me dijo, “somos nosotros”. Nosotros.
Todavía niña me aburría en el cordón de la vereda de la explanada municipal, cuando las lágrimas emocionadas de mi madre me pusieron en aquel acto, fundacional si, pero atado con hilo de seda o cuerda de acero al viejo Octubre. Me di cuenta porque mi madre tiene los mismos ojos de mi abuelo que había venido de Europa, bolchevique, y después había marchado con Prestes en Brasil, y allí estuvo preso con su familia justo cuando mi madre vino a nacer, y luego llegó a aquí a hacer una vida y una revolución internacional, que era como un nosotros pero más grande.

Creo que tenía 14 años cuando conocí a Genaro y desde un banco del Parque Rodó, (no frente al palacio de invierno aunque hacía frío), planificamos cómo derrotar a la dictadura primero, para construir una sociedad justa sin explotados ni explotadores, después. Pequeños rojos, valientes. (¿inconscientes? ¿patéticos?)

Por esa misma época, mi abuelo dejó sobre mi mesa de luz los tres tomos de “Los subterráneos de la libertad” de Jorge Amado. No me dijo nada: la lucha revolucionaria era una suerte de sobreentendido genético, o algo así.
La épica es más bien un género literario vinculado a las epopeyas y los héroes. Pero operaba (y opera) como una suerte de armadura, o esqueleto (depende si uno necesita estar protegido por fuera o sostenido por dentro). Y también como un estado de ánimo parecido al entusiasmo, que nos vacuna contra este estado general de insignificancia. Cuando invocamos a la Épica nos sentimos mejor.
Ni que hablar cuando la invocada es la Revolución.
Y se me vuelve asunto sagrado cuando pienso en concreto en cada una de las personas que sufrieron o murieron. Antes, después, ahora.
Sobrevivimos a la dictadura porque nos sentíamos parte de una epopeya, héroes incluidos, que daban sostén a cada una de nuestras pequeñas o grandes tragedias cotidianas.
Ahora es tiempo de otra cosa. O no. No sé.
Desde las películas de Eisenstein la revolución me mira, como me miran esos hombres y mujeres con los mismos ojos y manos de mi padre y los pobres y los que padecen injusticia. (Parece a veces que entre tanto ruido suena un grito exótico: ¡excluidos del mundo: uníos!).
Y fui fervorosa comunista porque no podía vivir sin creer que era posible la emancipación de la humanidad o como se llame eso que sería el reino de la justicia y la libertad. Que había tenido su concreción, en un octubre o noviembre, cuando por primera vez en la historia los pobres y explotados habían triunfado. ¿Al final de cuentas llegará el tiempo de los justos?
Pan y rosas. Pan y paz. El puño en alto. Los puños.
“La hoz y el martillo aludían a la esperanza de que la historia, a la larga, se pusiera del lado de los que luchan por la libertad y la justicia.… La ideología dominante del “fin de las ideologías” proclamaba en forma oficial la muerte de esa esperanza” opina Slavoj Zizek, el mismo que formuló una definición de “revolución” apasionante. Dice que la revolución es la representación de la utopía: presente y futuro se juntan en un instante y sentimos que la utopía nos toca y somos felices mientras luchamos por ella.

Tengamos revoluciones. Propongo.
Aunque hayamos perdido tantas veces y debamos hacernos cargo de tanta cosa.
Llevamos nuestros fracasos, nuestras derrotas, nuestros crímenes como arpones clavados en el lomo de una ballena blanca, que aún sigue surcando los mares.
Ahora cuando alguien me pregunta a qué sector de la izquierda pertenezco, digo que soy un “atlante”: pertenezco un mundo que, como la Atlántida, se hundió o nunca existió. Pero había algo bueno, bello y verdadero en él.
Un fantasma recorre el mundo: el dinero virtual, sobregirado e imbécil.
El pan y las rosas han dejado de ser alegoría o metáfora de cosa alguna: son objetos de consumo. Y si no hay poesía ni ilusión: consumamos actos de consumo que se consumen en el propio acto de consumir, o en todo caso cultive cada uno su propio jardín.
Prefiero Oktubre.


1 De Fuegos de Octubre (1986), Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
Se puede ver y escuchar en:
www.youtube.com/watch?v=1FNFxdEB7sM


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