Los guerrilleros en el aeropuerto de Trelew,
tras el intento de fuga del 15 de agosto de 1972.

La autora recuerda el papel de los ciudadanos que resistieron al poder militar en Chubut.

En las primeras horas de la mañana del 22 de agosto de 1972 la televisión informó que 16 de los 19 presos detenidos en la base Almirante Zar habían muerto durante un segundo intento de fuga. La sede de la Asociación Gremial de Abogados, ubicada en el microcentro porteño, se convirtió de inmediato en punto de reunión. En la puerta, atónito, desesperado, estaba el abogado Héctor Sandler, un ex capitán de la Aviación que había formado parte del círculo de amigos íntimos de Pedro Eugenio Aramburu y se había revelado como un apasionado demócrata. Arriba, en el departamento que servía de local a los abogados progresistas y defensores de presos políticos, la madre de una de las víctimas, María Angélica Sabelli apoyaba la frente contra el vidrio de la ventana y miraba sin ver. El Presidente de la Asociación, Mario Hugo Landaburu decidió volar a Trelew. Lo acompañarían Rafael Lombardi y, por supuesto, Sandler. Se dirigieron a aeroparque y alquilaron una avioneta. Pidieron a sus allegados que les acercaran algo de ropa. Cuando los bolsos llegaron al Jorge Newbery la avioneta carreteaba. Los familiares de los defensores regresaron con los bártulos a la Gremial, pero la Gremial de Abogados tampoco existía. Una bomba la había dinamitado.

Tomás Eloy Martínez, por entonces director del semanario Panorama escribió un texto diferente a los que se leyeron sobre esa tragedia. El capitán de navío Emilio Eduardo Massera “sugirió” entonces al dueño de la editorial que se desembarazara del periodista. Bajo las dictaduras (deberían saberlo quienes pretenden que en esas circunstancias los periodistas sean más heroicos que el resto de los mortales), los deseos de los dictadores son órdenes y el 24 de agosto el prestigioso Tomás Eloy Martínez pasó a ser un desocupado.

Un año después editó La Pasión Según Trelew, una crónica ejemplar escrita casi –y nunca mejor dicho– a tumba abierta. Cada nueva edición de La Pasión fue actualizada por su narrador: un epílogo reseñaba qué había sido de la vida de aquellos que a lo largo de tres días fueron parte de la comuna que se rebeló contra la matanza y el poder militar; de los que fueron detenidos, de los torturados, de los que luego desaparecieron. En mayo de 2009, el libro se reimprimió. Tomás estaba ya gravemente enfermo. Con la generosidad que lo caracterizaba, le pidió a quien esto escribe que lo reemplazara en esa actualización y hurgara en el juzgado de Rawson que volvía a poner en marcha la causa en la que el lunes 15 se dictó sentencia.

Prisión perpetua para dos oficiales y un suboficial de la Armada : los ex capitanes Luis Sosa, Emilio del Real y el ex cabo Carlos Amadeo Marandino, locuaz y colaborador tras su detención.

No fue difícil encontrar a los “comuneros” que se habían congregado entonces en el Teatro Español. Ellos siguen viéndose, interesándose por las vidas de los que quedan, reuniéndose en el Touring, el bello y decadente hotel de la avenida Fontana donde cuelgan los retratos de Butch Cassidy y Sundance Kid y al que llaman, “el living de Trelew”. Leer el expediente fue un descenso al infierno: la certeza de que algo malo ocurriría con esos diecinueve militantes a los que la marina había desviado hacia su base; la borrachera de Sosa, Roberto Bravo (prófugo en Estados Unidos, donde atiende negocios inmobiliarios) y del Real, saturados del whisky que venían de tomar en el casino de oficiales, la entrada a saco en la zona de los calabozos, la orden a los presos para que salieran de las celdas. Que la barbarie fuera producto de una orden superior o de la cantidad de alcohol en sangre de los cuatro mosqueteros de la marina, es lo menos: la Armada lo asumió como un acto de servicio.

“Me tiene como un héroe”, fanfarroneó Sosa ante el juez instructor. El empleado de la funeraria Miguel Fernando Marileo, encargado de colocar los cadáveres dentro de los ataúdes, se dejó llevar por el oficio y la curiosidad. Lo que registró lo sepultó en su memoria por 36 años. Mariano Pujadas –el jefe del comando montonero que se había sumado a la fuga dirigida por el PRT y las FAR– tenía 16 perforaciones, estaba abierto en canal desde el esternón hacia abajo: “cosido”, graficó; Ana María Villarreal, esposa de Mario Roberto Santucho y embarazada, tenía tres impactos en el vientre, un triángulo perfecto; a María Angélica Sabellí, la más joven del grupo, no se le veían impactos. Marileo levantó el cabello que le cubría la nuca y encontró lo que buscaba: “le vi el orificio de bala, sin salida”.

El viejo aeropuerto, el nudo geográfico de esa desgracia, es hoy un museo de la memoria, uno de los tantos que el kirchnerismo ha esparcido a tontas y locas a lo largo de la Argentina, una construcción rústica y pequeña, emplazada en un paisaje deshabitado, de pastos amarillentos y vientos cruzados. Su directora era una mujer joven, que recibía al visitante con recelo y organizaba visitas de alumnos primarios. Abrió con orgullo el álbum de lo que llamó las “devoluciones”: dibujitos de soldados arrancándole a una madre el hijo de entre los brazos; una bota aplastando un cuerpo ensangrentado. “Si a esa edad me hubieran mostrado esto, yo no habría militado jamás”, le dije. Creo que no comprendió. María Elena Chachero, Isidoro Pichilef, Cristina Pereyra, Santiago López, Margarita García, Celia Negrín, Encarnación Díaz de Mulhall. Gustavo Peralta, Hilda Fredes, Celia Lema, los héroes ciudadanos de agosto de 1972, los rebeldes de “la comuna” sí saben de qué se trata. El día que Tomás Eloy Martínez murió, telefonearon para pedir que pusiera una flor en nombre de sus personajes de La Pasión Según Trelew.

Susana Viau


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