Por Patrick Cockburn para ICH/The Independent. Traducido por Germán Leyens para Rebelión.

Los donantes de Arabia Saudita han jugado un papel crucial tristemente célebre en la creación y el mantenimiento de grupos yihadistas suníes durante los últimos 30 años. Pero, a pesar de toda la supuesta determinación de EE.UU. y sus aliados desde el 11-S de librar “la guerra contra el terror”, estos han mostrado sorprendente restricción cuando se trata de presionar a Arabia Saudita y a las monarquías del Golfo para que dejen de apoyar económicamente las actividades de los yihadistas.

Comparemos dos pronunciamientos estadounidenses que subrayan la importancia de esas donaciones y que basan sus conclusiones en la mejor inteligencia disponible al gobierno de EE.UU. El primero se encuentra en el Informe de la Comisión del 11-S que estableció que Osama bin Laden no financió al Qaida porque desde 1994 tuvo poco dinero propio sino se basó en sus vínculos con acaudalados individuos saudíes establecidos durante la guerra afgana en los años ochenta. Citando, entre otras fuentes, un informe analítico de la CIA de fecha 14 de noviembre de 2002, la comisión concluyó que “al Qaida parece haberse basado en un grupo principal de facilitadores financieros que juntaron dinero de diferentes donantes y recolectores de fondos primordialmente en los países del Golfo y particularmente en Arabia Saudita”.

Siete años pasaron desde que se escribió el informe de la CIA durante los cuales EE.UU. invadió Iraq combatiendo, entre otros, a la recién instalada franquicia iraquí de al Qaida, y se involucró en una guerra sangrienta en Afganistán con los renacientes talibanes. Drones estadounidenses son disparados a supuestos objetivos vinculados con al Qaida ubicados por doquier desde Waziristán en el noroeste de Pakistán a aldeas en las colinas de Yemen. Pero durante este tiempo Washington no logra emitir más que unas pocas suaves amonestaciones a Arabia Saudita por su promoción de la militancia fanática y sectaria suní fuera de sus propias fronteras.

Una evidencia de esto es un fascinante telegrama sobre “finanzas terroristas” de la secretaria de Estado de EE.UU. Hillary Clinton a embajadas estadounidenses, fechado 30 de diciembre de 2009 y publicado por WikiLeaks el año siguiente. Dice firmemente que “donantes en Arabia Saudita constituyen la fuente más significativa de financiamiento de grupos terroristas suníes a escala mundial”. Ocho años después del 11-S, cuando 15 de los 19 secuestradores eran saudíes, la señora Clinton reitera en el mismo mensaje que “Arabia Saudita sigue siendo el apoyo financiero crítico para al Qaida, los talibanes LeT [Lashkar-e-Taiba en Pakistán] y otros grupos terroristas”. Arabia Saudita era la más importante en el apoyo de esos grupos, pero no estaba totalmente sola ya que “al Qaida y otros grupos siguen explotando Kuwait como una fuente de fondos y un punto clave de tránsito”.

¿Por qué trataron con tanto comedimiento a Arabia Saudita EE.UU. y sus aliados europeos cuando el reino era tan esencial para al Qaida y otras organizaciones suníes yihadistas aún más sectarias? Una explicación obvia es que EE.UU., Gran Bretaña y otros no querían ofender a un cercano aliado y que la familia real saudí había utilizado juiciosamente su dinero para comprarse amigos en la clase gobernante internacional. Se hicieron intentos poco convincentes para vincular Irán e Iraq con al Qaida cuando los verdaderos culpables estaban a plena vista.

Pero existe otra razón concluyente por la cual las potencias occidentales han sido tan lentas en la denuncia de Arabia Saudita y los gobernantes suníes del Golfo por propagar el fanatismo y el odio religioso. Los miembros de al Qaida o grupos influenciados por al Qaida siempre han tenido dos puntos de vista muy diferentes sobre quién es su principal oponente. Para Osama bin Laden el principal enemigo eran los estadounidenses, pero para la gran mayoría de los yihadistas suníes, incluyendo las franquicias de al Qaida en Iraq y Siria, el objetivo son los chiíes. Son los chiíes los que han estado muriendo de por miles en Iraq, Siria, Pakistán e incluso en países donde hay pocos que matar, como en Egipto.

Los periódicos paquistaníes ya no prestan mucha atención a los cientos de chiíes masacrados de Quetta a Lahore. En Iraq, la mayoría de los 7.000 o más asesinados este año son civiles chiíes muertos por las bombas de al Qaida en Iraq, parte de una organización coordinadora llamada Estado Islámico de Iraq y el Levante (ISIL), que también incluye Siria. En la predominantemente suní Libia, militantes en la ciudad oriental de Derna mataron a un profesor iraquí quien admitió en vídeo que era chií antes de ser ejecutado por sus aprehensores.

La careta del Estado yanqui condecorado por el tirano saudí.
Supongamos que una centésima parte de esta despiadada matanza hubiera sido dirigida contra objetivos occidentales en lugar de musulmanes chiíes, ¿se mostrarían tan complacientes los estadounidenses y británicos hacia saudíes, kuwaitíes, y emiratíes? Esto presta un sentido de falsedad a bravatas de las ampliamente expandidas burocracias de la seguridad en Washington y Londres sobre su éxito en el combate contra el terror, justificando vastos presupuestos para sí mismos y libertades civiles restringidas para todos los demás. Todos los drones del mundo disparados contra aldeas pastunas en Pakistán o sus equivalentes en Yemen o Somalia no significarán mucha diferencia si los yihadistas suníes en Iraq y Siria llegan a decidir –como Osama bin Laden lo hizo antes que ellos– que sus principales enemigos no se encuentran entre los chiíes sino en EE.UU. y Gran Bretaña.

En lugar de los esfuerzos de aficionados de atacantes con zapatos y calzoncillos, los servicios de seguridad tendrían que enfrentan a movimientos yihadistas en Iraq, Siria y Libia que movilizarían cientos de fabricantes de bombas y atacantes suicidas. Vídeos desde Siria de no suníes que son decapitados por motivos sectarios solo han comenzado a estremecer la básica indiferencia de las potencias occidentales ante el yihadismo suní mientras no sea dirigido contra ellos mismos.

Durante mucho tiempo Arabia Saudita como gobierno se ubicó en segunda línea respecto a Qatar en el financiamiento de rebeldes en Siria, y recién desde este verano se han hecho cargo. Quieren marginar las franquicias de al Qaida como ISIL y el Frente al-Nusra mientras adquieren y arman suficientes bandas suníes para derrocar al presidente Bacher al-Asad.

Los directores de la política saudí en Siria –el ministro de Exteriores Príncipe Saud al-Faisal, el jefe de la agencia de inteligencia saudí Príncipe Bandar bin Sultan y el viceministro de Defensa Príncipe Salman bin Sultan– planifican el gasto de miles de millones de dólares en la formación de un ejército militante suní de entre 40.000 y 50.000 miembros. Señores de la guerra locales ya se están uniendo para compartir la generosidad saudí por la cual su entusiasmo es probablemente mayor que su disposición a combatir.

La iniciativa saudí es parcialmente propulsada por la furia en Riad ante la iniciativa del presidente Obama de no ir a la guerra contra Siria después que Asad usó armas químicas el 21 de agosto. Solo un ataque aéreo generalizado de EE.UU., similar al de la OTAN en Libia en 2011, derrocaría a Asad, de manera que EE.UU. ha decidido esencialmente que permanezca en su puesto por el momento. El enojo saudí también ha sido exacerbado por las exitosas negociaciones dirigidas por EE.UU. para lograr un acuerdo interino con Irán respecto a su programa nuclear.

Al salir de las sombras en Siria, los saudíes probablemente cometen un error. Su dinero solo tiene un alcance limitado. La unidad artificial de grupos rebeldes con sus manos abiertas al dinero saudí no va a durar. Serán desacreditados a los ojos de los yihadistas más fanáticos así como de los sirios en general como peones de los saudíes y de otros servicios de inteligencia.

Una oposición dividida será aún más fragmentada. Jordania se adaptará a los saudíes y a una multitud de servicios de inteligencia extranjeros, pero no querrá ser el punto de concentración de un ejército anti-Asad.

El plan saudí parece estar condenado desde el comienzo, aunque puede llevar a la muerte de muchos más sirios antes de su fracaso. Yazid Sayegh del Carnegie Middle East Centre destaca sucintamente los riesgos involucrados en la empresa: “Arabia Saudita podrá verse ante una réplica de su experiencia en Afganistán, donde creó grupos muyahidines dispares que carecían de un marco político unificador. Esas fuerzas fueron incapaces de gobernar Kabul una vez que la tomaron, allanando el camino para que los talibanes se hicieran cargo. Después vino al Qaida, y las repercusiones que posteriormente llegaron a Arabia Saudita.”


Share/Save/Bookmark

1 comentarios:

Anónimo dijo...

No puede en esta vida haber crimen sin castigo y es hora que fuerzas tambiern poderosas den respuesta a estos oscurantistas beduinos...di ellos pueden hacer estallar coches bombas en cualquier capital y matar gente inocente...hay que hacerles sentir la misma indignacion y dolor..es tan viejo como la Humanidad..."EL QUE A HIERRO MATA....A HIERRO MUERE...O DEBE MORIR" se curaran de ese repulsivo vicio de sembrar la muerte por doquier.

Publicar un comentario