Por Ignazio Aiestaran para Diagonal.

De la época de los interrogatorios y las detenciones con el senador McCarthy y su caza de brujas, Ruth Berlau recordaba las conversaciones entre Bertolt Brecht y Charles Chaplin. En el momento más duro de las persecuciones contra todas las personas sospechosas de comunismo, ambos encontraron motivos para reírse de ello.

Un día se inventaron una historia donde Chaplin abandonaba América. Aparecía sentado en un barco e irrumpían los funcionarios de inmigración-emigración, sometiéndolo a inspección, como si fuera un peligro para la seguridad. Sin embargo, nadie comprendía el idioma en el que respondía Chaplin. Primero recurrían a un traductor chino, luego a uno japonés, después a otro coreano y seguían intentándolo con varios traductores más, sin resultado alguno.

Todos fracasaban forzosamente porque Chaplin hablaba en una lengua inventada por él mismo. Al final, según lo imaginaba Chaplin, los agentes y los funcionarios se daban por vencidos, mientras el barco se alejaba del puerto y el actor contemplaba a través de un tragaluz cómo la diosa de la libertad le guiñaba un ojo.

Berlau, Brecht y Chaplin se rieron hasta dolerles el estómago, cuando este último escenificó toda esta historia, a pesar de encontrarse en medio de las traiciones y las delaciones del macartismo. Ahora que vuelven tiempos sombríos donde una conversación sobre árboles puede ser delito, tendremos que encontrar de nuevo esa risa. Quizá tengamos que inventarnos un lenguaje en el que no se nos entienda para entendernos mejor. Ruth Berlau lo entendería.


Share/Save/Bookmark

1 comentarios:

Federico Manuel Olveira dijo...

Muy bueno.

Publicar un comentario