Por Bruno Guigue para Oumma. Vertido al castellano por Rebelión.

Elevada a la categoría de crisis planetaria desde la ascensión fulgurante del pretendido «Estado Islámico», la crisis siria ha funcionado como un revelador químico que disipa poco a poco los aspectos falsos de los protagonistas de esta gran conflagración y proyecta una luz inédita sobre sus estrategias más retorcidas. La última superchería, hasta ahora, de la habitual política occidental: la presunta transformación de la rama siria de Al Qaida en una respetable organización combatiente. «El Frente al Nusra –leemos en la prensa francesa y en la internacional- se estaría “normalizando” y oscilaría ahora “entre el terrorismo y el pragmatismo”». ¿Y qué pasa con su declarada afiliación a Al Qaida, su ideología odiosa y sectaria y su práctica repetida de atentados ciegos que matan a civiles y militares? Esos serían recuerdos lejanos. Esta mutación genética proporcionaría a la organización yihadista en competencia con el Estado Islámico un auténtico título de respetabilidad.

La diplomacia occidental hace milagros: fabrica terroristas moderados, extremistas demócratas y cortadores de cabezas humanitarios. ¿Nos descubrirá mañana comedores de hígados filántropos? Como por casualidad, esta operación concertada de «blanqueamiento» del Frente al Nusra, la rama siria de Al Qaida, se desarrolla en el mismo momento en que esta organización afirma su hegemonía política y militar en el norte de Siria. Predestinada a desempeñar un papel protagonista tras el esperado hundimiento del Estado sirio, su éxito le concede los favores particulares de las potencias occidentales y regionales que juraron la caída del régimen baasista. Poco importan el coste humano y el precio político de ese consentimiento anticipado a la instauración en Siria de un poder ultraviolento, sectario y mafioso, la caída de Bachar Al-Assad es una apuesta, dicen, que vale la pena.


Banderas del terrorismo yihadista.
A despecho de las declaraciones hipócritas que no engañan a nadie, el terrorismo yihadista maquillado en función de las necesidades de la causa presta sus servicios a la amplia coalición anti-Assad. Por supuesto esta connivencia de los estados occidentales y las monarquías petroleras con los retoños adulterados de Al Qaida tiene, en primer lugar, un significado político inédito. Marca, en efecto, la reinscripción simultánea de las dos reencarnaciones contemporáneas del yihadismo internacional en la agenda estratégica occidental. Hablando claro, la destrucción del régimen baasista, objetivo número uno del eje Riad-París-Washington, no solo es un fin que justifica todos los medios, sino que además la perspectiva de un estado yihadista que incluya Damasco también forma parte de ese plan estratégico. Ciertamente esta alianza reconducida con el terrorismo presenta además una ventaja inesperada que debe su importancia a la coyuntura militar. Posibilita la creación de una tenaza sobre el ejército leal sirio entre los combatientes del Estado islámico en el este y los del Frente al Nusra en el norte.

Junto con la presión de las fuerzas rebeldes apoyadas por Israel al sur del país, esta maniobra de asedio señala la relativa fragilidad de las posiciones del régimen. Al norte, el apoyo logístico que brinda Turquía a la coalición yihadista del Frente al Nusra impide a las tropas leales recuperar el control de una amplia zona frontal en la que los milicianos kurdos, por su parte, intentan reconquistar las principales ciudades frente al Estado Islámico. Generosamente financiada por Riad y Doha se está llevando a cabo la unificación de las fuerzas rebeldes bajo la égida del Frente al Nusra formando un «ejército de la conquista» que reagrupa a las diversas brigadas combatientes, incluidas las que fueron oficialmente armadas y entrenadas por los servicios secretos occidentales. Con apariencia novedosa, esta subcontratación de la guerra contra Damasco en beneficio de los mercenarios de la yihad global es en realidad la aplicación estricta de lo que se podría denominar la «doctrina Fabius». En un ataque de sinceridad, en diciembre de 2012, el ministro francés de Asuntos Exteriores declaró que el Frente al Nusra haría «buen trabajo» en Siria.

En virtud de esta doctrina las potencias extranjeras coaligadas contra el último régimen nacionalista árabe se reparten cínicamente los papeles. A cada uno su parte. Así, en su lucha sin cuartel contra Damasco, los combatientes de Al Qaida pueden contar con muchos amigos: Turquía les proporciona las armas, Israel cura sus heridas, Qatar les envía un cheque a final de mes y el diario Le Monde los presenta casi como los chicos del coro. En cuanto a la «coalición internacional contra el Estado Islámico», su credibilidad está a la altura de su inacción, subrayada durante la ofensiva yihadista en Palmira. El salvoconducto ofrecido así a los terroristas ilustra, una vez más, la hipocresía del antiterrorismo proclamado en Washington. ¿Entre el empuje del Estado Islámico en el eje Palmira-Damasco y el del Frente al Nusra en el eje Alepo-Damasco, tendrá posibilidades de cumplirse el sueño de los enemigos de Bachar Al-Assad?

Nada es menos seguro. Y por una razón fundamental, ya no hay una guerra civil Siria, sino un conflicto internacional de gran amplitud. En el teatro de operaciones están presentes dos fuerzas protagonistas: las organizaciones yihadistas nutridas continuamente de reclutas extranjeros, por un lado, y por el otro las fuerzas del régimen sirio apoyadas por sus aliados iraníes y libaneses. El resto es literatura. Las ridículas distinciones entre rebeldes «moderados», «laicos», «islamistas» o «yihadistas» proyectan una luz falsa sobre una nebulosa de grupos armados cuyos contornos son fluctuantes pero la intención común está totalmente clara: imponer por la fuerza una ideología oscurantista. Las potencias occidentales y regionales lo saben y sin embargo brindan su ayuda al Frente al Nusra, ya acreditado como potencial sucesor del régimen a derrocar, prohibiendo luchar contra el Estado Islámico cuando este se enfrenta al ejército sirio.

Durante mucho tiempo las cancillerías occidentales y sus papagayos mediáticos han fomentado la ilusión de que la guerra civil siria enfrentaba un régimen sanguinario a una oposición forofa de la democracia. Pero si esa oposición existiera en otros sitios que no fuesen los salones de los grandes hoteles de Doha o Ankara, sus patrocinadores internacionales pondrían sobre dicha oposición todas sus esperanzas para «después de Assad». Pero no es el caso. El hecho de que la coalición internacional presuntamente antiterrorista arme oficialmente al Frente al Nusra en realidad solo significa una cosa: en el espíritu de sus brillantes estrategias Al Qaida no sirve para hacer que caiga Damasco. Entre los diversos sucedáneos del terrorismo yihadista y una oposición en el extranjero formada por exiliados impotentes, aunque los remuneren las fundaciones estadounidenses o los arme el Quaid’Orsay, ha decidido la doctrina Fabius.

Muy lejos de las representaciones mediáticas acreditadas por los tontos útiles de la «revolución siria», la realidad del conflicto es, por lo tanto, la guerra despiadada que libran un conglomerado terrorista alimentado sin cesar por los países más ricos del planeta y un ejército nacional basado en la conscripción que defiende su país de la invasión extranjera. Lejos de una guerra civil, este enfrentamiento sin cuartel es un conflicto internacional atípico de gran amplitud. Al invadir el espacio visual de la «ciberyihad» Al Qaida convirtió la resonancia planetaria de su acción y su doctrina en un arma terrible. Desde 2011, sus reencarnaciones sucesivas en Siria han recibido de los cinco continentes un flujo incesante de combatientes sectarios y fanatizados ansiosos por combatir a los infieles y a los apóstatas.

Pero esta internacionalización del conflicto por una nebulosa yihadista capaz de reunir a 40.000 combatientes de rechazo ha provocado la internacionalización de la defensa del régimen sirio. La Siria multiconfesional soldada en torno al régimen baasista no solo se beneficia de la ayuda económica iraní, de las entregas de armas rusas y del apoyo de los combatientes del Hizbulá libanes, además espera a más de 10.000 voluntarios iraníes, iraquíes y afganos que participarán en la defensa de la capital siria. Internacionalización frente a internacionalización, la respuesta de las fuerzas leales y sus aliados puede estar a la altura de los medios colosales de los que disponen, gracias a la ayuda occidental y saudí, los nuevos amigos de Laurent Fabius. Frente a esta realidad, los vaticinios recurrentes de los intelectuales parisinos sobre la «revolución siria» parecen discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles.


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