El ginecólogo, revolucionario y presidente (1987-1992) afgano Mohammad Nayibulá contó, en una entrevista concedida al periódico Izvestia el 29/12/1989:

«¿Cómo llegué a ser un revolucionario? Estudié en un liceo en Kabul y me iba de vacaciones con mi padre, que servía en Peshawar, todos los años. En algún lugar de Jalalabad había un alto. Y ahí, una cascada clara. Las mujeres y los hombres estaban separados. Y un día veo a una mujer que corre a lo largo de un camino en la parte superior y le grita a alguien de los hombres: "su hijo nació". Todo el mundo comenzó a ir cuesta arriba. Yo estuve buscando durante veinte minutos dónde acababa de pasar y ví a la mujer que dio a luz envuelta en un chal y con su hijo lléndose con una caravana de nómadas. Sentí un impulso interno, temblaba. Pensé, ¿por qué la mujer afgana debe dar a luz en la tierra entre las piedras, como animales desamparados? No pensaba en una revolución sino que sólo me estaba llenando de ira y vergüenza. Yo amaba mi tierra y mi pueblo, ¿por qué él tiene que vivir como lo peor de la raza humana?» (V. N. Plastun y V. V. Andrianov: «Najibulá. Afganistán en las garras de la geopolítica.», 1998, Instituto Biográfico.)



Pero en Argentina:

Parto casero fatal: fiscal dijo que “no habrá pena para los padres”: «Nadie está acusando a alguien de querer matar, sino una pareja que quería que su hijo nazca pero que actuó con negligencia. La pena no es una solución, ya tendrán esta carga para toda la vida», dijo el fiscal. «No es gente de bajos recursos, sino que es una pareja de una clase social media alta con todos los recursos a disposición», subrayó.


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[Por interés histórico, Socialismo Actual traduce este artículo de McCain publicado en The New York Times.]

Por quién doblan las campanas fue mi novela favorita, y su héroe, Robert Jordan, mi ídolo literario. Al igual que él, Delmer Berg luchó en España por amor. Por John McCain, senador republicano por Arizona, 24/3/2016.

Un obituario interesante apareció en The New York Times recientemente, sin embargo el fallecimiento del pasado mes pasó desapercibido más allá de su familia y amigos.

Eso no es sorprendente. Delmer Berg no era una celebridad. No era una persona con una gran riqueza o influencia. Nunca había tenido un cargo público. Él era californiano. Trabajó como peón y cantero. Realizó alguna actividad sindical. Fue vicepresidente de su sección local de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color. Protestó contra la Guerra de Vietnam y las armas nucleares. Se unió al Partido Comunista de Estados Unidos en 1943, y, según The Times, siguió siendo un «comunista redomado» todo el resto de su vida. Él tenía cien.

También fue el último veterano conocido de la Brigada Abraham Lincoln.

No muchos estadounidenses menores de setenta años saben acerca de la Brigada Lincoln. Es la designación dada a los cerca de tres mil voluntarios, en su mayoría estadounidenses, que lucharon en la Guerra Civil Española entre 1937 y 1938. Ellos lucharon en el bando republicano, en defensa del gobierno izquierdista elegido democráticamente en España, y en contra de los nacionalistas, los militares rebeldes encabezados por el Gral. Francisco Franco.

Los nacionalistas afirmaron que su causa era el anticomunismo y la restauración de la monarquía, y los republicanos profesaron luchar por la preservación de la democracia. El fascismo condujo a lo primero, mientras que los comunistas, tanto las variedades cínica como ingenua, buscaron controlar esta última. Y al campo republicano llegaron idealistas luchadores por la libertad desde el extranjero.

La Brigada Lincoln, originalmente un batallón, era una de las unidades de voluntarios que formaban parte de las Brigadas Internacionales, el nombre dado a las decenas de miles de voluntarios extranjeros que vinieron de decenas de países, y se organizaron y en gran parte fueron dirigidos por el Komintern, la organización internacional comunista controlada por los soviéticos. Los nacionalistas de Franco fueron apoyados por la Alemania nazi y la Italia de Mussolini.

España se convirtió en el teatro donde las tres ideologías más poderosas del siglo XX —el comunismo, el fascismo y la autodeterminación— comenzaron la guerra que se prolongaría, de una forma u otra, durante más de medio siglo, hasta que los defensores de la libertad y su campeón, Estados Unidos, prevalecieron.

No todos los estadounidenses que lucharon en la Brigada Lincoln eran comunistas. Muchos sí, como Delmer Berg. Otros, sin embargo, sólo iban a combatir fascistas y a defender la democracia. Incluso muchos comunistas, como el Sr. Berg, creían que eran luchadores por la libertad en primer lugar, sacrificando su vida y su integridad en un país sobre el que sabían poco, para un pueblo que no conocían.

Es posible considerarlos románticos, luchando en una causa perdida por algo más grande que su interés personal. Y a pesar de que hombres como el Sr. Berg se identificarían con una causa, el comunismo, que ocasionó significativamente más miseria que la que alivió —y subordinó la dignidad humana al Estado— siempre he albergado admiración por su valor y sacrificio en España.

Me he sentido así desde que era un chico de doce años leyendo Por quién doblan las campanas de Hemingway en el estudio de mi padre. Es mi novela favorita, y su héroe, Robert Jordan, el maestro del Medio Oeste que lucha y perece en España, se convirtió en mi héroe literario favorito. En la novela, Jordan empieza a ver la causa inútil. Era cínico sobre el liderazgo, y desconfiado de los cuadros soviéticos que intentan sobornarlo.

Pero en la escena final del libro, un Jordan herido elige morir para salvar las pobres almas españolas con las cuales y por las cuales luchó. Y la causa de Jordan no era más un choque de ideologías, sino un noble sacrificio por amor.

«El mundo es un buen lugar y vale la pena luchar por él», piensa Jordan mientras espera morir, «y odio mucho dejarlo». Pero él no lo deja. De buena gana.

El Sr. Berg fue a España cuando él era un hombre muy joven. Luchó en algunas de las batallas más grandes y más decisivas de la guerra. Sufrió heridas. Vio amigos morir. Él sabía que había dedicado su vida a una causa perdida, por un pueblo que era desconocido, pero al que estaba obligado y no abandonaría. Luego regresó a casa, entró en el negocio de cemento y cantería y luchó por las cosas en las que creía el resto de su larga vida.

No creo en la mayoría de las cosas que el Sr. Berg creía, excepto esto. Creo que, como escribió Donne, «ningún hombre es una isla, completo en sí mismo». Él es «parte de un todo». Y creo que «la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad».

Así era el Sr. Berg. Él no tuvo que preguntar por quién doblan las campanas. Él sabía que sonaron por él. Y yo le saludo. Descanse en paz.


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En esta nota de hace un par de meses, el célebre ateo Richard Dawkins critica lo que el llama «izquierdistas retrógrados». A partir de esto, reflexiono acerca de esa gente tan abundante en la política desde la centroizquierda hasta el ultraizquierdismo.

Los centroizquierdistas, los progres, defienden raudamente al islam de cualquier crítica con la excusa de que han varios tipos de islam, diferentes del extremismo. En Latinoamérica existe una variante parecida con los populistas que reivindican esa doctrina de nombre oximorónico: teología de la liberación. El islam y el cristianismo son religiones totalitarias, que pretenden controlar hasta lo que piensan las personas. Hasta la idea del pecado de pensamiento, a nadie se le había ocurrido llevar tan lejos la tiranía. Este mérito del cristianismo, que como primera religión militante universal lo llevó a todos los lugares que pudo, se extendió también en Oriente con el islam, que en definitiva es una variedad de cristianismo. En el islam la deshumanización del individuo es mucho mayor que en el cristianismo. En la religión original las personas consideradas virtuosas eran deificadas: podían estar al mismo nivel que los dioses. En el catolicismo, así como entre los cismáticos y algunos heréticos, los virtuosos todavía pueden ser semidioses, llamados santos, beatos, etc. Pero en el islam nada de esto se permite, sólo puede haber un dios y el humano más relacionado con él, Muhammad, está cada vez más despojado de su humanidad, ni siquiera se lo puede recordar como tal, es sólo un trazo de tinta: محمد. Y «cuanto más pone el hombre en Dios, tanto menos guarda en sí mismo».

En las izquierdas radical, extrema y ultra, el justo odio al imperialismo le provoca muchas veces desvaríos que la llevan a adherir a los enemigos de éste, pero que también son notables enemigos de todo lo revolucionario, como es el caso de ciertos referentes islámicos (gobernantes iraníes, talibanes, etc.). No diferencia entre el análisis de las estrategias y tácticas políticas que nos llevan a repudiar las agresiones imperialistas contra esos enemigos, o a estimar el margen de maniobra, que permite el conflicto entre potencias, a una política no proimperialista, de la adhesión explícita a algunos de esos regímenes o grupos. Error que se potencia por 1) la orfanidad ante la falta de un referente internacional como la URSS, Hoxha, Mao, etc., 2) la confusión traída desde ciertas doctrinas antropológicas, que con fines más egoístas que solidarios —vivir de escribir libros—, han promovido el estancamiento de muchas sociedades, considerando que el progreso es un dogma positivista que destruye las identidades, no viendo que es justo que todos se beneficien de los avances de la ciencia y de la tecnología, que no son capitalistas ni comunistas ni nada, sino logros de la humanidad, y que no tienen por qué perder su identidad si, promovido el pensamiento racional por los revolucionarios, pueden los pueblos revalorizar aquello de su cultura que engrandece al género humano y difundirlo al universo, y suprimir («Lo que contribuyó más que todo a hacer a los romanos señores del mundo, fue que habiendo peleado sucesivamente con todos los pueblos, renunciaron siempre a sus usos, luego que conocieron otros mejores.» Montesquieu, Consideraciones..., I) aquello que lo enajena y le causa sufrimientos innecesarios en la finitísima vida.


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[Tomado de Baraguá].

Rebelion.org censura un artículo y recurre a la mentira para justificar lo injustificable 

El pasado miércoles, día 20 de enero, Rebelión publicó un artículo de mi autoría —Hipócritas y mentirosos, dos palabras que definen muy bien a los dirigentes de PODEMOS— para, sin previo aviso, retirarlo a las pocas horas. Acababa de consumarse una censura en toda regla. Obviamente, exigí explicaciones por tan lamentable suceso y, tres días después, se me envío una nota confirmándose la censura, por supuesto que sin nombrar esa palabra.
Para defender su indefendible postura recurrieron a acusaciones tan ridículas como falsas. Decían en su “alegato” que “una amplia mayoría del consejo editor consideró que el texto excedía con mucho la crítica y entraba en la agresión verbal”, añadiendo ya al final que con su actitud salvaguardaban “una de sus máximas, que es la de publicar críticas o debates donde se impongan los argumentos y las razones desde el respeto y no los insultos, los ataques ad hominem o los exabruptos verbales”. Casi nada. Y con esta sarta de mentiras se quedaron tan anchos.
El texto mío censurado es sin duda contundente, pero esta palabra dista mucho de ser sinónimo de irrespetuoso. Faltan a la verdad acusándome de serlo, cuando en ningún momento falto al respeto de nadie, y de insultar, cuando tampoco he insultado a nadie; tan solo he llamado a las cosas por su nombre, y es evidente que mi “atrevimiento” les ha molestado bastante. ¿Se habrán sentido directa o indirectamente aludidos? En cuanto a la carencia de argumentación y de razón, que también de eso me acusan, resulta que, lejos de estar ausente, ésta abunda por doquier a lo largo de todo el artículo apuntalando a mis afirmaciones.
He llamado hipócritas y mentirosos a los dirigentes de Podemos, cierto, pero es que ¿acaso no lo son? Decir a alguien que es lo que es puede resultar incómodo o nada agradable para el señalado —“es amarga la verdad, quiero echarla de la boca…”, escribió Quevedo hace muchísimos años—, pero de ahí a que se incurra en lo irrespetuoso y en el insulto hay un abismo.
Se mire como lo mire, acusar a la CUP de algo que Podemos ha practicado hasta la saciedad es una actitud indudablemente hipócrita. Y eso Podemos lo ha hecho. Lo mismo que es de mentirosos decir que se va a hacer algo concreto cuando casi de inmediato se hace justo lo contrario. Un ejemplo bien claro de esto último que digo —para que no se me vuelva a acusar de carecer de argumentos— es la propuesta que el pasado viernes Pablo Iglesias hizo al PSOE, en la que incluye no solo favorecer la investidura de Sánchez, sino participar en el Gobierno de este señor. En campaña electoral, Iglesias repitió hasta la saciedad que nunca participaría en un Gobierno dirigido por Sánchez si Podemos no sacaba más votos y escaños que el PSOE. ¿Señalar una verdad es acaso incurrir en lo irrespetuoso y en el insulto? No sé los responsables de Rebelión, pero yo siempre he oído decir que la verdad es revolucionaria.
La socialdemocracia se define por facilitar mareantes ganancias al gran capital, aplicando a las víctimas más castigadas de éste —para que, “pobrecitas”, no sufran demasiado— “medicinas” que alivian pero que nunca curan sus grandes males. Podemos —no yo— anunció su programa económico calificándolo de socialdemócrata. Cuando se puede repartir de manera muchísimo más equitativa y no lo hacen, ¿no son acaso los socialdemócratas “repartidores de limosna”?
Solo he utilizado tres palabras “mal sonantes” en todo el artículo censurado: joder, chusma y jodido. Y, sinceramente, ni aunque el Consejo editor de Rebelión estuviese formado por monjas y curas, no creo que esto sea motivo para retirar de esa manera tan vergonzosa e indignante un texto ya publicado y que lo estaba leyendo no poca gente.
Intuyo, pues, que en el citado Consejo editor —harto clandestino, por cierto— hay mucha alma podemista, de otra manera no se entiende que el artículo haya provocado tan moralista malestar entre sus miembros y, mucho menos, su censuradora actitud.
A lo largo de los años, en Rebelión he leído muchísimos artículos infinitamente más contundentes que el mío, sin que estos hayan sido censurados —si no aporto títulos y autores no es porque no existen, sino porque no quiero meter a nadie en este embrollo—. Lo que sucede es que, en la mayoría de esos casos, la “ausencia de argumentación y de razón”, “los ataques ad hominem” y los “exabruptos verbales” iban dirigidos contra personas y grupos políticos e ideológicos no afines al medio.
Los responsables de Rebelión podrán hacer lo que quieran con su diario —porque es de ellos, y no del Consejo, los colaboradores y los lectores, como les gusta decir—. Pero, por si no se han dado cuenta, que tengan muy claro una cosa: no acepto su infumable explicación, porque, carente de razón, ésta sí que es agresiva e insultante.


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Título: La lucha de clases en el apogeo de la Revolución Francesa.
Autor: Daniel Guérin.
Año: 2011.
Editorial: ryr.
Ubicación: Buenos Aires.
Descarga: por MediaFire o Mega (clave de cifrado: !vEmUB63hzraB-T_6fmRsCNAPTinnNWPGszFnzwyMTlg).
Digitalización: Socialismo Actual, 2015.


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Por Maciek Wisniewski para La Jornada.

¿“Cruel” e “insensible”? Györgi Lukács en su famoso ensayo escrito para la muerte de Lenin (1870-1924) anota más bien que era una persona “con un buen sentido de humor”, “llena de vida” y –a pesar de las durezas de la guerra civil– “libre de odio”.

Recuerda la anécdota de Gorki sobre él hablando de su amor por la música y la Appassionata de Beethoven que “puede escuchar todos los días”, pero que “le hace mal a los nervios”; las emociones que le provoca lo vuelven “débil” y un revolucionario no puede permitirse esto (“ Lenin - theoretician of practice ”, 1924).

Slavoj Zizek: “es precisamente ésta incapacidad para escuchar música y hacer política a la vez que da un testimonio de la indudable humanidad de Lenin”.

Lo monstruoso está en la actitud de algunos nazis (como Heydrich) que después de “un día duro de trabajo” –en la “fábrica Holocausto”– se sientan como si nada con sus camaradas a interpretar los cuartetos de cuerda de Beethoven (“Revolution at the gates”, 2002) .

Así lo dictaría la “ teoría leninista del barbarismo de alta-cultura”.

Siguiendo su hilo Zizek se imagina a los soldados alemanes en las ruinas de Stalingrado (1942-43) escuchando a Winterreise, el ciclo de canciones de Schubert cuyo narrador vagabundea por el invierno.

Suena la música. Los escuchas con pies y manos ardiendo del frío prefieren sumergirse en las emociones que pensar en su situación social concreta: razones por su estar en el “infierno de Rusia”, el Holocausto en marcha; solo así logran hacer su destino más soportable.

Al mismo tiempo, a unos seiscientos kilómetros más al noroeste en Kúibyshev la capital temporal de la URSS, Dmitri Shostakovich (1906-75) aún contempla el éxito de su Sinfonía n.º 7 dedicada inicialmente a Lenin y luego a Leningrado, víctima de un brutal asedio nazi.

De regreso en Moscú (la suerte ya los abandona a los alemanes) se pone a escribir la Sinfonía n.º 8. De tono y lenguaje musical diferentes. Nada triunfal; sólo por los requerimientos de la propaganda acaba dedicada a Stalingrado.

Curioso. Stalin se deshace de todos con una mano ligera (a Gorki, por ejemplo, lo manda a envenenar), los gulag –aparte de gente común y corriente– están llenos de poetas y gente de teatro, pero a los músicos los prefiere tener cerca.

Shostakovich al final se salva gracias a una mezcla de mimetismo y pura suerte. Su obra –y vida– la divide grosso modo entre las sinfonías “públicas” y los cuartetos de cuerda “privados”; allí canaliza todas sus emociones tratando de hacer su destino más soportable. La manera en que cuida las formas y apariencias lo vuelve un “perfecto compositor soviético”.

Aun así, está constantemente en la mira. En 1936 durante una de las funciones de su ópera Lady Makbeth de Mtsensk Stalin se levanta y se va. El compositor acaba denunciado por “formalismo”, la acusación que vuelve en 1948.

Curioso. En Rusia la batalla ideológica por el “realismo socialista” en las artes empieza y se centra en algo tan hermético (y etéreo) como la música clásica.

Para congraciarse con el régimen acepta a escribir la Canción de los bosques, una cantata dedicada a los planes de reforestación de la URSS después de la guerra que elogia a Stalin como “el Gran Jardinero”.
Más de seis décadas después la pieza sigue generando controversias.

Cuando en 2011 Paavo Järvi un director de orquesta cuya familia huye de la Estonia comunista se propone a interpretarla con la letra original –lo que se evita últimamente– le llueven las (erradas) acusaciones de “glorificar a Stalin y a Rusia”.

Lo mismo pasa en 2015 con el conflicto en Ucrania encima y el recién grabado disco (“Shostakovich: cantatas”, Erato, 2015), que incluye otra pieza estalinista El sol brilla en nuestra patria y una –supuestamente– “anti-soviética”: “La ejecución de Stepan Razin, un líder cosaco del siglo XVII que se rebela en contra de la burocracia zarista.

Järvi: “éstas cantatas muestran las dos caras de Shostakovich y siguen siendo relevantes en contexto del régimen de Putin y las frescas ambiciones militares de Rusia”; incluso “del auge de un nuevo totalitarismo (¡sic!)” (The Guardian, 15/5/15).

¿Mera “paranoia báltica”? Para nada (aunque lo del “totalitarismo”, uff...): Rusia putiniana está en plena rehabilitación de Stalin “gran figura nacional a la par con los zares”. No es casualidad. Hay varias afinidades.

La contrarrevolución estalinista tras el periodo de experimentos pos-revolucionarios es la “vuelta a los raíces”, “grandeza imperial”, “herencia gran-rusa”, “valores tradicionales” (familia - Sí, homosexualismo - No), la Iglesia y los “cánones clásicos del arte” (Pushkin/Tchaikovski).

Putin –tras el periodo pos-soviético de experimentos neoliberales y la “occidentalización fallida”– representa el mismo (tal cual) giro conservador; un símbolo de esto en la música es el retorno (2000) al viejo, pompático himno soviético compuesto por Aleksandrov y seleccionado por Stalin (1944), solo con la letra nueva.

A Lenin le gustan los chistes y la (auto)ironía incluso en las sesiones del partido; con Stalin el único humor permitido es la “carcajada de los vencedores” (Shostakovich se ve forzado a dejar su “sarcasmo musical” para acoplarse); con Putin reina el mismo sombrío tono del poder.

En la encuesta nacional de 2008 por “el más grande ruso” Stalin sale tercero, Lenin apenas sexto; gana Alejandro Nevski (1220-63) seguido por Piotr Stolypin (1862-1911), el premier y ministro del interior zarista.

Celebrado como un “gran estadista” y “modernizador” (en 2011 Putin inaugura el monumento a él frente a la sede de su gobierno asegurando “continuar a su legado”) Stolypin se hace famoso por las represiones tras la Revolución de 1905.

Su herramienta de modernización predilecta es la horca (la soga de allí es la “corbata stolypiniana”): en los años 1906-09 manda a colgar a unos 5 mil socialistas y otros “sospechosos”.

Sabe que los radicales van detrás de él (ya sobrevivió unos 10 atentados). A pesar de esto una tarde septembrina insiste en ir a la ópera de Kiev dónde encuentra a la muerte. Tocan a Rimski-Korsakov El cuento del zar Saltán. Asiste el mismo Nicolás II.

En fin. La música en Rusia es una cosa seria.


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Por Ignazio Aiestaran para Diagonal.

De la época de los interrogatorios y las detenciones con el senador McCarthy y su caza de brujas, Ruth Berlau recordaba las conversaciones entre Bertolt Brecht y Charles Chaplin. En el momento más duro de las persecuciones contra todas las personas sospechosas de comunismo, ambos encontraron motivos para reírse de ello.

Un día se inventaron una historia donde Chaplin abandonaba América. Aparecía sentado en un barco e irrumpían los funcionarios de inmigración-emigración, sometiéndolo a inspección, como si fuera un peligro para la seguridad. Sin embargo, nadie comprendía el idioma en el que respondía Chaplin. Primero recurrían a un traductor chino, luego a uno japonés, después a otro coreano y seguían intentándolo con varios traductores más, sin resultado alguno.

Todos fracasaban forzosamente porque Chaplin hablaba en una lengua inventada por él mismo. Al final, según lo imaginaba Chaplin, los agentes y los funcionarios se daban por vencidos, mientras el barco se alejaba del puerto y el actor contemplaba a través de un tragaluz cómo la diosa de la libertad le guiñaba un ojo.

Berlau, Brecht y Chaplin se rieron hasta dolerles el estómago, cuando este último escenificó toda esta historia, a pesar de encontrarse en medio de las traiciones y las delaciones del macartismo. Ahora que vuelven tiempos sombríos donde una conversación sobre árboles puede ser delito, tendremos que encontrar de nuevo esa risa. Quizá tengamos que inventarnos un lenguaje en el que no se nos entienda para entendernos mejor. Ruth Berlau lo entendería.


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